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El entramado de sus venas – Relato erótico



Podríamos decir que los sueños, esos estrambóticos retales de la confección de lo real, son no muy pequeños accidentes que tenemos a diario. Pero solo podríamos decir eso si lo vemos desde la óptica de la vigilia…

Relatos eróticos

El entramado de sus venas





«Pero no soy un fantasma. Estoy aquí, de verdad.
¿Ya no está empalmado?
¿No se ha cansado ya de la realidad?
¿No está intoxicado de ella?
Entonces, si quiere un método, hable.
Y deslice sus dedos debajo de mi falda.
Recogeremos la realidad en el momento preciso.
En el momento poético».
-Valérie Tasso

No. No tenía más opción. No me di cuenta de gran cosa. Eso es lo que tiene el vivir a mil por hora.

Todo pasó tan deprisa que solo recuerdo sus ojos asustados, su falda corta  levantándose presa del viento, el olor a asfalto mojado y unas líneas blancas y negras. Mi boca se abrió como un abismo sin fondo para tragarme todo este paisaje.

No. No teníamos más opción. Era el único sitio donde nos podíamos encontrar sin que nadie sospechara nada. Y si bien el sitio parecía lúgubre y polvoriento, para mí representaba a su lado el mismísimo paraíso. Allí, nos construíamos sueños y utopías lúbricas que nadie nos podía arrebatar. Eran instantes frágiles que no queríamos desperdiciar por nada en el mundo. Ya habíamos entrado en un invierno duro y mientras su cuerpo tiritaba hasta el paroxismo, yo, por dentro, notaba una fuerte fiebre, algo deslumbrante, incontenible, la fuerza de la felicidad, supongo.

Todavía no había eyaculado.

Sentado a su lado, miraba cómo sus pechos, a pesar de ser minúsculas chinchetas, deformaban las sábanas de una cama improvisada, cada vez que su diafragma se levantaba y bajaba… estos senos tan planos que tanto me gustaban acariciar. De repente, se puso encima de mí, pero un hilo de sangre empezó a fluir por la parte interna de sus muslos. Mi polla se hinchó al instante. La cogí en mis brazos para consolarla y, luego, con la yema de los dedos, recogí algo del líquido casi negro y me lo llevé a la boca. Nada en ella me disgustaba.

Me sentía una parte indivisible de ella. Pedía ser como ella y quería sangrar como ella, compartir todo lo que a ella le sucedía. Mancharla como ella me manchaba. No me hagáis demasiado caso por lo que mi deseo irrefrenable puede llegar a inventar.

Mi polla seguía erecta pero yo seguía sin eyacular. Quizá, ahora, nos estábamos observando demasiado el uno al otro, y después a nosotros mismos y ya se estaba formando –lo intuí– de repente, cierta distancia, ínfima sin duda, pero suficiente como para que nos obligara quizá a forzar las cosas. Luego, llegó, inevitable, aquel líquido lechoso que tanto se había hecho esperar. Solo con contemplar sus muslos ensangrentados. Mi leche acabó en mi mano, y se la enseñé. Escruté largamente su reacción.

–¡Qué desperdicio! ¡Lo siento, de verdad! –me susurró, la mirada vacía.

Quise decir algo, pero preferí seguir mirándola. Bajo esa pesada cabellera, su cara casi parecía translúcida. Unas largas venas azules dibujaban un laberinto complejísimo debajo de su piel blanca. Una de ellas parecía una herida, una especie de cicatriz que se formaba en la sien derecha y dibujaba un extraño trazo, cortando en dos, ilusoriamente, su mejilla ligeramente enrojecida. Me imaginaba la sangre apretando la vena, lentamente, debajo de esta superficie. La base de su cuello no era para menos. Otro entramado de venas nacía, se desplegaba por encima de sus frágiles clavículas y se escondía debajo de las sábanas para atrapar sus pechos como tentáculos, extrañas manos diabólicas que hacían lo que podían para estrujar sus pequeños senos.

De repente, ella rozó el dorso de mi mano, todavía llena de mi leche. Este gesto, aparentemente insignificante, fue suficiente para que mi polla volviera a crecer. Tuve que apretar fuertemente la mandíbula para no emitir ningún ruido de placer. Se puso a mirarme fijamente, enigmática. Cuando se ponía así, sus ojos inmensos me reducían a la nada. Era un gusano dispuesto a estar aplastado. Por mucho que yo tuviera un amuleto. Mi polla, mi escudo. Pero me gustaba aquella sensación. Se debió dar cuenta de que me había desconcertado. Así que se secó rápidamente la entrepierna con la sábana, la tiró con negligencia, hecha ahora un cuadro de Rothko, y se puso a cuatro patas para ofrecerme su culo.

–Ven. Es mejor así. Es la única fuente de vida que sabes encontrar. Allí, hondo. Ven.

Sentí como si un cuchillo se clavara en mi cabeza.

Enfurecí de pasión. Me hundí en ella, voraz, rugiendo, salpicando mi cabeza hecha pedazos con mil y una ideas locas. Mis ojos se abrían y el mundo entero cabía. Quise sentir para siempre la suavidad y el calor que su culo transmitía a mi polla, acurrucada como un pequeño animal herido.

A pesar de la pureza que ella transmitía, la quería ensuciar. Por una parte, me odiaba por ello, pero por otra, la simple idea me atraía locamente. Ambas cosas también vivían en mí. Mi amor por ella solo podía estar hecho de estas contradicciones. Sin embargo, su inteligencia dentro de este maravilloso cuerpo ofrecido todavía era demasiado compleja para mí. Por eso la sacudí. Violentamente. La sacudí con fuerza, intentando despojarla de todo aquello que no entendía. Mientras, los olores y las sensaciones fuertes que desprendía el sitio destartalado donde nos estábamos amando parecían tan distantes de mí. Y ella, tan cerca.

Entonces sentí una conmoción violenta que recorrió todo mi cuerpo. Me balanceé, mi equilibrio se volvió de repente inestable. Me vi caer al abismo y apreté los párpados. El mareo era insoportable.

Cuando, al poco, volví a abrir los ojos, mi mano estaba enganchada a mi polla. Las sábanas, inmaculadas esta vez, parecían papel grueso. El sudor y el semen las habían acartonado.

El eco de su voz seguía en mi cabeza. Fue lo único verdadero y real que sentí estos días de pérdida de consciencia. Volví a sacudir un poco mi polla. Era una manera de volver a vivir lo soñado. Pero ella me canturreaba: «Sobre todo, no hay que sacudir; es muy delicado. Cuando es delicado, es bello. No es metafórico; me gustaría que tuviera la precisión de lo indiscutible. El gesto de pajear, cuando es lento, es indiscutible».

Ella no paraba de hablarme ¿Era mi cabeza la que me la estaba jugando? Acerqué unos dedos a mi frente y palpé algo similar a un vendaje grueso.

La vi preocupada, los labios entreabiertos.

–No se toque, por favor. Estaba sangrando muchísimo. Pronto vendrán a limpiarle la herida. El que saliera vivo de este accidente fue un auténtico milagro. Y todo eso por evitar atropellarme. No se imagina lo agradecida que estoy.

En un gesto rutinario, se apartó la melena a un lado, me miró, benévola, cruzó las piernas y siguió leyendo su revista.


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